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Presos políticos, familias rotas y el debate sobre los nuevos partidos cubanos

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La directa protagonizada por Tania y Jenny dejó una radiografía dura del presente cubano: un país donde la represión no solo se ejerce contra quienes protestan, sino también contra sus familias. El testimonio más fuerte fue el de Jenny, madre de Duarne, preso desde 2021, quien relató cómo fue avisada con apenas horas de antelación para ver a su hijo el Primero de Mayo.

La directa protagonizada por Tania y Jenny dejó una radiografía dura del presente cubano: un país donde la represión no solo se ejerce contra quienes protestan, sino también contra sus familias. El testimonio más fuerte fue el de Jenny, madre de Duarne, preso desde 2021, quien relató cómo fue avisada con apenas horas de antelación para ver a su hijo el Primero de Mayo, en medio de apagones, falta de transporte y carencias cotidianas. Aun así, fue. Su intervención no fue una declaración política tradicional, sino el desahogo de una madre que vive entre incertidumbre, vigilancia y dolor.

Su denuncia apunta a una dimensión muchas veces invisible de la prisión política: el castigo extendido a las familias. No se trata solamente del preso encerrado en una celda, sino de la madre que no sabe cuándo podrá verlo, del hermano que no puede ayudar y de los hijos que crecen marcados por la ausencia. Por eso Jenny cuestionó el supuesto indulto y la narrativa oficial de reconciliación. Para ella, no puede hablarse de "patria" mientras tantas familias cubanas permanecen fracturadas. La patria, dijo en esencia, no empieza en una consigna ni en una firma convocada desde el poder, sino en el derecho de una madre a tener a su hijo libre.

La conversación también abordó el temor que pesa sobre los presos políticos ante escenarios de mayor tensión interna o externa. Tania recordó las amenazas recibidas por algunos reclusos en caso de una supuesta situación de guerra o intervención. Más allá de cada caso particular, el miedo existe y es real: quienes están tras las rejas son los más vulnerables, porque no pueden huir, protegerse ni decidir. Dependen por completo de un sistema que ha usado el encierro como instrumento de castigo político.

La directa amplió además el foco hacia otros casos recientes o persistentes: Ángel Cuza, el llamado "Spiderman cubano", Jonathan Torres y la situación denunciada por Leticia Ramos. En todos aparece un patrón común: detenciones violentas, fabricación o manipulación de causas, campañas de descrédito, abandono mediático y una solidaridad que muchas veces se enciende con fuerza durante unas horas, pero se apaga demasiado rápido. Tania fue especialmente crítica con esa dinámica: la denuncia se vuelve viral, genera indignación, produce publicaciones y comentarios, pero luego el preso y su familia quedan solos.

Ese señalamiento toca una fibra dolorosa. La represión no se sostiene únicamente por la fuerza del Estado, sino también por el miedo social y por la normalización del abuso. Jenny lo resumió con claridad al hablar de la costumbre cubana de adaptarse a lo inadmisible: al apagón, a la escasez, al maltrato, a la visita carcelaria arbitraria, al silencio. En Cuba se ha convertido en rutina lo que debería provocar escándalo permanente.

Hacia el final, Tania introdujo un debate político de fondo: la proliferación de partidos, organizaciones, plataformas y planes para la Cuba futura. Su crítica no fue contra la existencia de proyectos políticos en sí; reconoció que hacen falta ideas, programas y rutas para el día después. Pero lanzó una pregunta incómoda: ¿cuál es el plan para ahora? Hablar de transición, democracia o reconstrucción nacional resulta insuficiente si no va acompañado de una estrategia concreta para enfrentar el presente. Los presos políticos, las familias separadas, los ancianos, los jóvenes perseguidos y los activistas dentro de Cuba no pueden vivir eternamente de promesas.

En ese contexto aparece mencionada Amelia Calzadilla. Tania aclara que no tiene nada contra ella y que, por el contrario, la ha apoyado desde que estaba en Cuba y también ahora desde el exterior. La referencia a Amelia no funciona como un ataque personal, sino como parte de una crítica más amplia a la "fiebre" de crear partidos o proyectos políticos sin explicar con precisión cómo esos espacios van a conectarse con la realidad interna de Cuba. La pregunta de fondo es si un partido cubano nacido o impulsado desde el exilio puede tener sentido si no logra articularse con quienes resisten dentro de la isla.

La intervención no niega la necesidad de partidos. Más bien exige que esos partidos no se conviertan en ejercicios simbólicos, marcas personales o plataformas desconectadas del sufrimiento real. Si Amelia Calzadilla, u otros actores políticos, desean construir una alternativa, el reto no será solo presentar principios, nombres o programas. El verdadero desafío será demostrar capacidad de organización, conexión con la ciudadanía dentro de Cuba, apoyo concreto a los vulnerables y una ruta clara para enfrentar a la dictadura en el presente.

La directa, en definitiva, dejó una advertencia: la Cuba futura no puede construirse ignorando a los presos de la Cuba actual. Antes del diseño institucional, antes del reparto de liderazgos y antes de los partidos, hay una urgencia humana y política: acompañar a quienes están pagando el precio más alto por haber dicho basta.

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